domingo, 10 de junio de 2012

Capítulo uno.


La historia que voy a contar no comenzó en una fecha exacta. Dicen que el amor verdadero no es cosa de un día, y esta historia no iba a ser menos. Para situarnos, vamos a señalar en el calendario el día veintiocho de junio de 2011. Ese fue el día en el que ella llegó al pueblo. Acababa de recibir los resultados de los exámenes de selectividad, y como era de esperar, ninguna nota bajaba del notable. Por fin podría matricularse en medicina; su padre era médico y su hermano estaba en cuarto de carrera, y como muchos dicen, hay cosas que se llevan en la sangre, o al menos eso pensaba ella.

_Carla, cariño, ¿Quieres quitarte los cascos y hacernos un poco de caso?_ dijo Amanda girándose hacia atrás desde el asiento del copiloto.
_Perdona, mamá_ se quita los cascos del Ipod_ ¿Qué decíais?
_Estábamos comentando que ya casi hemos llegado. Te va a encantar el pueblo. Tiene una cala preciosa. ¿Y la casa? Es muy cuca, ¿a que sí, Jaime?.
_Sí, sí_ respondió su marido que no apartaba la vista de la carretera.
_Y además va a haber mucha gente de tu edad, es un pueblo muy grande. Ya verás el mes que nos espera.

Carla suspira en el asiento de atrás mientras observa las alfombrillas recién lavadas. Un mes en aquel pueblo sola con sus padres…Qué suerte tuvo el idiota de su hermano Sergio que se libró de aquello. Suspende dos asignaturas, y encima no tiene que aguantar a sus padres durante un mes, y ella que la nota más baja que había sacado en selectividad era un ocho, estaba ahí, deseando que pasaran enseguida aquellos treinta días. Al menos hacía sol, y esperaba que lo hiciera durante todo el mes, aunque aquello no era difícil, en Alicante normalmente hace buen tiempo en verano, no como en Oviedo, su ciudad natal y de residencia.
Al fin el Ford Focus azul aparcó delante de  una casa de tamaño mediano con la fachada pintada de verde y un gran ventanal en la planta de arriba.

_¡Ya hemos llegado!_ gritó Amanda con una gran sonrisa.

La familia se bajó del coche y caminaron hasta la puerta de la casa. Jaime sacó un llavero del bolsillo cargado de llaves, y comenzó a buscar la llave de su preciosa casa en la playa. Amanda hizo una mueca de disgusto. ¿Este hombre para qué querrá tantas llaves?. Al fin, logró encontrar la correcta y la puerta se abrió. El salón era muy espacioso y más a la izquierda había una cocina americana. Las paredes estaban pintadas de amarillo suave y el techo cubierto de madera oscura. Al lado derecho de la puerta de entrada, se encontraban las escaleras de caracol que dirigían a la planta de arriba.

_¡Qué bonito! ¡Qué bonito!_ repetía Amanda cuando descubría algo nuevo en el salón.

Jaime ya se había sentado en el sofá y había encendido la televisión. Nadie le iba a mover de allí. Carla decidió dejar de escuchar los gritos de su madre y explorar la planta de arriba. El pasillo era largo, y había demasiadas puertas para haber alquilado la casa sólo tres personas, o eso le parecía a ella. Abrió la primera de la derecha. Era una habitación muy grande con una cama de matrimonio. Supuso que sería la habitación de sus padres. Tenía un baño incorporado con jacuzzi. Carla se preguntó que para qué tanto gasto si sólo iban a vivir allí durante un mes. La siguiente habitación que abrió era mucho más sencilla que la anterior. Tenía una cama individual, una mesita de noche con una lámpara, una ventana, y un armario. No había más. “Supongo que ésta será la mía” se resignó. Siguió abriendo puertas. Se quedó sorprendida al descubrir la siguiente habitación. Ahí estaba el ventanal que había visto desde la calle. Se acercó más a él y vió una preciosa cala de agua cristalina muy cerca. “¡Vaya! La casa está justo al lado de la cala. Es realmente bonita. “pensó. Se veía a una pareja en el agua y a un grupo de jóvenes tomando el sol. Carla miró el reloj de su muñeca; las tres de la tarde. Seguramente la gente iría a bañarse más tarde. Se sentó en la que estaba segura de que sería su cama, y palpó la colcha con las manos. Tenía un tacto muy suave, y le encantaba aquel color lavanda. Se sentía muy cómoda allí. Se levantó y abrió el armario. No era muy grande, pero se imaginó que le cogería todo lo que había traído. Dejó para más tarde la exploración de su nueva casa y bajó al salón a por su maleta. Su padre seguía viendo la televisión y su madre dando voces. Ni siquiera se dieron cuenta de que su hija había bajado y vuelto a subir a la planta de arriba. Carla colocó la maleta azul oscura encima de la cama y la abrió tirando de una cremallera plateada. Allí estaba todo lo que había traído: los biquinis que había comprado la semana anterior, el de rayas y el rojo; varios pantalones cortos; algunos vaqueros por si refrescaba; una sudadera; multitud de camisetas ; algunos vestidos… Carla era muy prudente, prefería tener en cuenta todas las circunstancias que se pudieran presentar a encontrarse por sorpresa con alguna. Su madre era tan distinta… Sólo había llevado un par de bañadores, cinco camisetas, cuatro pantalones cortos y unas sandalias. ¿Y si llovía? ¿Y si hacía frío? Su madre eso nunca lo tenía en cuenta, o no le importaba que sucediera. A las amigas de Carla les extrañaba mucho el comportamiento de Amanda porque siempre se quejaban de que sus madres actuaban de forma completamente diferente.
Comenzó a colocar las camisetas y los pantalones en los estantes del armario, y los vestidos y las chaquetas en las perchas. Dejó el biquini rojo encima de la cama porque tenía la intención de conocer esa preciosa cala más tarde.


Mientras tanto, en otro lugar no muy lejano…

El sol de aquella tarde hacía resaltar aún más su increíble moreno y sus abdominales trabajados. Lucía un bañador naranja con rayas grises, la visión perfecta para todas las adolescentes que paseaban por la playa. Gael caminaba por la arena mientras pequeñas gotas de agua resbalaban por su piel. Su cabello negro estaba completamente mojado. Se acababa de dar un baño y con una amplia sonrisa se echó boca abajo en su toalla verde pistacho. La chica que estaba al lado le contempló en silencio, después se volvió a poner las gafas del sol y observó el cielo despejado. “Qué guapo es… Ojalá algún día quisiera algo más conmigo”. Un codazo la despertó de sus pensamientos.

_¿Qué pasa?_protestó.
_Adivino lo que estás pensando…_ le susurró al oído la amiga que estaba echada en la toalla de al lado.
-¿En qué?
_En que te mueres por estar con Gael.
-¡Shhh!_ le tapó la boca rápidamente a su amiga_. ¡Cállate, Inés! Como te oiga…
_Que no me oye mujer, no te preocupes, pero estabas pensando en eso, ¿a que sí?
_Pues sí, la verdad.
_¿Cuándo fue la última vez que…?
_No es asunto tuyo.
_Vamos, Katia, cuéntamelo…Somos amigas, ¿no?

Katia suspiró y le respondió.

_El sábado… Estuvimos en la cueva y…
_¿En la cueva? ¡ Qué leones! _la interrumpió Inés.

Katia la miró ofendida. Inés se dio cuenta y pidió disculpas. Conocía demasiado bien a su mejor amiga.

_Vale…Perdona. Bueno, ¿y no quedasteis en nada?
_No… Lo de siempre. Me llamará cuando no le queden tías que tirarse.
_Anda, no digas eso…
_No, Inés, sabes perfectamente que es así. Pero también sabes que no me gustaría ser una chica más.
_Bueno, no eres una más. Tú le gustas, eres con la única con la que repite._ vio la cara de consuelo fingida de su amiga e intentó remediarlo_ .Lo que quiero decir… es que tienes que decírselo, tienes que intentarlo antes de que llegue otra loba y te lo quite…
_Sabes de sobra que nunca le diré nada.

Un chico interrumpió  la conversación con su llegada. Era Mario, el mejor amigo de Gael. Los cuatro, junto con Ana, que estaba pasando una semana en casa de sus tíos, eran amigos desde la infancia. Mario era mono y muy agradable, pero no tenía el atractivo y la personalidad de Gael, aunque a Mario esto no le importaba, sabía que era el amigo simpático del tío bueno, y siempre lo había aceptado.

_Chicas, el agua está buenísima. Deberíais probarla.
_Y tú deberías tomar el sol, que estás muy blanco_ respondió Inés.

Mario se miró los brazos y las piernas y se entristeció. Inés tenía razón, estaba muy blanco, sobre todo para vivir en un pueblo con playa. Se sentó en la toalla de Gael y le empezó a hacer cosquillas y a echarse encima de él. Gael se dio la vuelta y le empujó hacia atrás haciéndole cosquillas a él también. Acabaron revolcados por la arena riendo a carcajadas. Inés y Katia también se reían, era bonito ver a dos buenos amigos pasar un buen rato.
La llegada de otra persona provocó que la pelea finalizara. Mario se levantó de la arena y le ordenó a Gael que también lo hiciera. Ante sus ojos, se encontraba una chica paseando a la orilla del mar . Su cabello era castaño claro con pequeñas ondas que se movían acompañando a la brisa marina. Llevaba un biquini rojo, que se ajustaba perfectamente a su cuerpo y a su piel dorada.

_Esa chica no es de aquí ,¿verdad?_ preguntó Inés, que había observado a sus dos amigos entusiasmarse al verla.
_Te aseguro que si fuera de aquí me habría fijado en ella. Y seguro que tú también, ¿a que sí Gael?

Gael sonrió sin decir nada. Katia le observó y decidió intervenir en la conversación.

_Pues no sé por qué la miráis tanto, no me parece para tanto. Además, tiene pinta de ser una niñata que aún no ha acabado el instituto.
_Esas son las mejores, Katia_ sonrió Mario._ Creo que voy a hablar con ella. Si es nueva aquí, deberíamos ser educados y hacerle de guías turísticos.

Mario corrió hacia ella sin decir nada más. En ocasiones, era muy impulsivo, y a veces eso era una ventaja; otras, no tanto. Le dio dos besos a la chica y después de una pequeña conversación, la llevó a donde estaban sus amigos.

_Chicos, ésta es Carla. Está de vacaciones aquí durante un mes. Es de Asturias_ dijo Mario con una amplia sonrisa, y después se dirigió otra vez a Carla_. Ellos son Inés, Katia, y Gael.

Las chicas se levantaron de sus toallas y le dieron dos besos a la recién llegada, y de regalo Katia le dedicó una de sus miradas de desprecio favoritas. Gael también le dio dos besos sin decir nada, solo sonreía. Carla también sonreía, aunque parecía sentirse algo incómoda. Mario le ofreció su toalla para sentarse. Ella le dedicó una sonrisa en agradecimiento, y se sentó. A su lado solo estaba la toalla de Gael, el cual decidió aposentarse en ella también. Los demás seguían de pie.

_Cuéntanos algo de tu vida, Carla. ¿Qué haces por Asturias?_ preguntó Inés interesada.
_Pues bueno, acabo de terminar la selectividad, y en septiembre empezaré la carrera de Medicina.
_¡Vaya! Una universitaria. Por aquí no abundan. Aquí el único que estudia es Gael. Los demás todos curramos.
_¿Ah sí? ¿En qué trabajáis?_ Carla no quería demostrar interés en los estudios de Gael.
_Yo trabajo de cajera en el super por las mañanas. Aquí, el amigo, está en la panadería de su padre_Inés rodeó con su brazo la espalda de Mario_Y Katia trabaja en la tienda de ropa “Sugar”, ya la conocerás, vende unas camisetas chulísimas.
_Y yo estudio Derecho en Alicante, solo vengo aquí los fines de semana, pero durante el verano trabajo vendiendo helados en la piscina_ añadió Gael, ante la sorpresa de Carla de que aquel chico hablara por fin.
_Vaya…Qué interesante.No sabía que aquí hubiera piscina.
_Sí, está al otro lado del pueblo. Trabajo por las mañanas, y aunque no lo creas, los clientes a veces son bastante difíciles. No sabes cómo se puede enfadar un niño si no le pones una bola de helado grande.

Todos se rieron, excepto Katia, la cual observaba cómo su “algo más que amigo” se camelaba a aquella chica que acaba de llegar, a aquella niñata que en cinco minutos había conseguido que los ojos de Gael sólo se fijaran en ella.

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