La historia que voy a contar no comenzó en una fecha exacta.
Dicen que el amor verdadero no es cosa de un día, y esta historia no iba a ser
menos. Para situarnos, vamos a señalar en el calendario el día veintiocho de
junio de 2011. Ese fue el día en el que ella llegó al pueblo. Acababa de
recibir los resultados de los exámenes de selectividad, y como era de esperar,
ninguna nota bajaba del notable. Por fin podría matricularse en medicina; su
padre era médico y su hermano estaba en cuarto de carrera, y como muchos dicen,
hay cosas que se llevan en la sangre, o al menos eso pensaba ella.
_Carla, cariño, ¿Quieres quitarte los cascos y hacernos un
poco de caso?_ dijo Amanda girándose hacia atrás desde el asiento del copiloto.
_Perdona, mamá_ se quita los cascos del Ipod_ ¿Qué decíais?
_Estábamos comentando que ya casi hemos llegado. Te va a
encantar el pueblo. Tiene una cala preciosa. ¿Y la casa? Es muy cuca, ¿a que
sí, Jaime?.
_Sí, sí_ respondió su marido que no apartaba la vista de la
carretera.
_Y además va a haber mucha gente de tu edad, es un pueblo
muy grande. Ya verás el mes que nos espera.
Carla suspira en el asiento de atrás mientras observa las
alfombrillas recién lavadas. Un mes en aquel pueblo sola con sus padres…Qué
suerte tuvo el idiota de su hermano Sergio que se libró de aquello. Suspende dos asignaturas, y encima no tiene que aguantar
a sus padres durante un mes, y ella que la nota más baja que había sacado en
selectividad era un ocho, estaba ahí, deseando que pasaran enseguida aquellos
treinta días. Al menos hacía sol, y esperaba que lo hiciera durante todo el
mes, aunque aquello no era difícil, en Alicante normalmente hace buen tiempo en
verano, no como en Oviedo, su ciudad natal y de residencia.
Al fin el Ford Focus azul aparcó delante de una casa de tamaño mediano con la fachada
pintada de verde y un gran ventanal en la planta de arriba.
_¡Ya hemos llegado!_ gritó Amanda con una gran sonrisa.
La familia se bajó del coche y caminaron hasta la puerta de
la casa. Jaime sacó un llavero del bolsillo cargado de llaves, y comenzó a
buscar la llave de su preciosa casa en la playa. Amanda hizo una mueca de
disgusto. ¿Este hombre para qué querrá tantas llaves?. Al fin, logró encontrar
la correcta y la puerta se abrió. El salón era muy espacioso y más a la
izquierda había una cocina americana. Las paredes estaban pintadas de amarillo
suave y el techo cubierto de madera oscura. Al lado derecho de la puerta de
entrada, se encontraban las escaleras de caracol que dirigían a la planta de
arriba.
_¡Qué bonito! ¡Qué bonito!_ repetía Amanda cuando descubría
algo nuevo en el salón.
Jaime ya se
había sentado en el sofá y había encendido la televisión. Nadie le iba a mover
de allí. Carla decidió dejar de escuchar los gritos de su madre y explorar la
planta de arriba. El pasillo era largo, y había demasiadas puertas para haber
alquilado la casa sólo tres personas, o eso le parecía a ella.
Abrió la primera de la derecha. Era una habitación muy grande con una cama de
matrimonio. Supuso que sería la habitación de sus padres. Tenía un baño
incorporado con jacuzzi. Carla se preguntó que para qué tanto gasto si sólo iban a vivir allí durante un mes. La siguiente habitación que abrió era mucho más
sencilla que la anterior. Tenía una cama individual, una mesita de noche con
una lámpara, una ventana, y un armario. No había más. “Supongo que ésta será la
mía” se resignó. Siguió abriendo puertas. Se quedó sorprendida al descubrir la
siguiente habitación. Ahí estaba el ventanal que había visto desde la calle. Se
acercó más a él y vió una preciosa cala de agua cristalina muy cerca. “¡Vaya! La casa está justo al lado de la cala. Es realmente bonita. “pensó. Se veía a
una pareja en el agua y a un grupo de jóvenes tomando el sol. Carla miró el
reloj de su muñeca; las tres de la tarde. Seguramente la gente iría a bañarse
más tarde. Se sentó en la que estaba segura de que sería su cama, y palpó la
colcha con las manos. Tenía un tacto muy suave, y le encantaba aquel color
lavanda. Se sentía muy cómoda allí. Se levantó y abrió el armario. No era muy
grande, pero se imaginó que le cogería todo lo que había traído. Dejó para más
tarde la exploración de su nueva casa y bajó al salón a por su
maleta. Su padre seguía viendo la televisión y su madre dando voces. Ni
siquiera se dieron cuenta de que su hija había bajado y vuelto a subir a la
planta de arriba. Carla colocó la maleta azul oscura encima de la cama y la
abrió tirando de una cremallera plateada. Allí estaba todo lo que había traído:
los biquinis que había comprado la semana anterior, el de rayas y el rojo;
varios pantalones cortos; algunos vaqueros por si refrescaba; una sudadera;
multitud de camisetas ; algunos vestidos… Carla era muy prudente, prefería
tener en cuenta todas las circunstancias que se pudieran presentar a encontrarse por sorpresa
con alguna. Su madre era tan distinta… Sólo había llevado un par de bañadores,
cinco camisetas, cuatro pantalones cortos y unas sandalias. ¿Y si llovía? ¿Y si
hacía frío? Su madre eso nunca lo tenía en cuenta, o no le importaba que
sucediera. A las amigas de Carla les extrañaba mucho el comportamiento de
Amanda porque siempre se quejaban de que sus madres actuaban de forma
completamente diferente.
Comenzó a
colocar las camisetas y los pantalones en los estantes del armario, y los
vestidos y las chaquetas en las perchas. Dejó el biquini rojo encima de la cama
porque tenía la intención de conocer esa preciosa cala más tarde.
Mientras tanto, en
otro lugar no muy lejano…
El sol de aquella tarde hacía resaltar aún más su increíble
moreno y sus abdominales trabajados. Lucía un bañador naranja con rayas grises,
la visión perfecta para todas las adolescentes que paseaban por la playa. Gael
caminaba por la arena mientras pequeñas gotas de agua resbalaban por su piel. Su
cabello negro estaba completamente mojado. Se acababa de dar un baño y con una
amplia sonrisa se echó boca abajo en su toalla verde pistacho. La chica que
estaba al lado le contempló en silencio, después se volvió a poner las gafas
del sol y observó el cielo despejado. “Qué guapo es… Ojalá algún día quisiera
algo más conmigo”. Un codazo la despertó de sus pensamientos.
_¿Qué pasa?_protestó.
_Adivino lo que estás pensando…_ le susurró al oído la amiga
que estaba echada en la toalla de al lado.
-¿En qué?
_En que te mueres por estar con Gael.
-¡Shhh!_ le tapó la boca rápidamente a su amiga_. ¡Cállate,
Inés! Como te oiga…
_Que no me oye mujer, no te preocupes, pero estabas pensando
en eso, ¿a que sí?
_Pues sí, la verdad.
_¿Cuándo fue la última vez que…?
_No es asunto tuyo.
_Vamos, Katia, cuéntamelo…Somos amigas, ¿no?
Katia suspiró y le respondió.
_El sábado… Estuvimos en la cueva y…
_¿En la cueva? ¡ Qué leones! _la interrumpió Inés.
Katia la miró ofendida. Inés se dio cuenta y pidió
disculpas. Conocía demasiado bien a su mejor amiga.
_Vale…Perdona. Bueno, ¿y no quedasteis en nada?
_No… Lo de siempre. Me llamará cuando no le queden tías que tirarse.
_Anda, no digas eso…
_No, Inés, sabes perfectamente que es así. Pero también
sabes que no me gustaría ser una chica más.
_Bueno, no eres una más. Tú le gustas, eres con la única con
la que repite._ vio la cara de consuelo fingida de su amiga e intentó
remediarlo_ .Lo que quiero decir… es que tienes que decírselo, tienes que
intentarlo antes de que llegue otra loba y te lo quite…
_Sabes de sobra que nunca le diré nada.
Un chico interrumpió la conversación con su llegada. Era Mario, el
mejor amigo de Gael. Los cuatro, junto con Ana, que estaba pasando una semana
en casa de sus tíos, eran amigos desde la infancia. Mario era mono y muy
agradable, pero no tenía el atractivo y la personalidad de Gael, aunque a Mario
esto no le importaba, sabía que era el amigo simpático del tío bueno, y siempre
lo había aceptado.
_Chicas, el agua está buenísima. Deberíais probarla.
_Y tú deberías tomar el sol, que estás muy blanco_ respondió
Inés.
Mario se miró los brazos y las piernas y se entristeció.
Inés tenía razón, estaba muy blanco, sobre todo para vivir en un pueblo con
playa. Se sentó en la toalla de Gael y le empezó a hacer cosquillas y a echarse
encima de él. Gael se dio la vuelta y le empujó hacia atrás haciéndole
cosquillas a él también. Acabaron revolcados por la arena riendo a carcajadas.
Inés y Katia también se reían, era bonito ver a dos buenos amigos pasar un buen
rato.
La llegada de otra persona provocó que la pelea finalizara.
Mario se levantó de la arena y le ordenó a Gael que también lo hiciera. Ante
sus ojos, se encontraba una chica paseando a la orilla del mar . Su cabello era
castaño claro con pequeñas ondas que se movían acompañando a la brisa marina.
Llevaba un biquini rojo, que se ajustaba perfectamente a su cuerpo y a su piel dorada.
_Esa chica no es de aquí ,¿verdad?_ preguntó Inés, que había
observado a sus dos amigos entusiasmarse al verla.
_Te aseguro que si fuera de aquí me habría fijado en ella. Y
seguro que tú también, ¿a que sí Gael?
Gael sonrió sin decir nada. Katia le observó y decidió
intervenir en la conversación.
_Pues no sé por qué la miráis tanto, no me parece para
tanto. Además, tiene pinta de ser una niñata que aún no ha acabado el
instituto.
_Esas son las mejores, Katia_ sonrió Mario._ Creo que voy a
hablar con ella. Si es nueva aquí, deberíamos ser educados y hacerle de guías
turísticos.
Mario corrió hacia ella sin decir nada más. En ocasiones,
era muy impulsivo, y a veces eso era una ventaja; otras, no tanto. Le dio dos
besos a la chica y después de una pequeña conversación, la llevó a donde
estaban sus amigos.
_Chicos, ésta es Carla. Está de vacaciones aquí durante un mes.
Es de Asturias_ dijo Mario con una amplia sonrisa, y después se dirigió otra
vez a Carla_. Ellos son Inés, Katia, y Gael.
Las chicas se levantaron de sus toallas y le dieron dos besos
a la recién llegada, y de regalo Katia le dedicó una de sus miradas de
desprecio favoritas. Gael también le dio dos besos sin decir nada, solo
sonreía. Carla también sonreía, aunque parecía sentirse algo incómoda. Mario le
ofreció su toalla para sentarse. Ella le dedicó una sonrisa en agradecimiento,
y se sentó. A su lado solo estaba la toalla de Gael, el cual decidió aposentarse
en ella también. Los demás seguían de pie.
_Cuéntanos algo de tu vida, Carla. ¿Qué haces por Asturias?_
preguntó Inés interesada.
_Pues bueno, acabo de terminar la selectividad, y en
septiembre empezaré la carrera de Medicina.
_¡Vaya! Una universitaria. Por aquí no abundan. Aquí el
único que estudia es Gael. Los demás todos curramos.
_¿Ah sí? ¿En qué trabajáis?_ Carla no quería demostrar interés
en los estudios de Gael.
_Yo trabajo de cajera en el super por las mañanas. Aquí, el
amigo, está en la panadería de su padre_Inés rodeó con su brazo la espalda de
Mario_Y Katia trabaja en la tienda de ropa “Sugar”, ya la conocerás, vende unas
camisetas chulísimas.
_Y yo estudio Derecho en Alicante, solo vengo aquí los fines
de semana, pero durante el verano trabajo vendiendo helados en la piscina_
añadió Gael, ante la sorpresa de Carla de que aquel chico hablara por fin.
_Vaya…Qué interesante.No sabía que aquí hubiera piscina.
_Sí, está al otro lado del pueblo. Trabajo por las mañanas,
y aunque no lo creas, los clientes a veces son bastante difíciles. No sabes
cómo se puede enfadar un niño si no le pones una bola de helado grande.
Todos se rieron, excepto Katia, la cual observaba cómo su “algo
más que amigo” se camelaba a aquella chica que acaba de llegar, a aquella
niñata que en cinco minutos había conseguido que los ojos de Gael sólo se fijaran en ella.
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